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Entrevista a Sergio Vega Expresidente APFVA y FEPFI

Entrevistas

Por

Xurde Margaride

Publicado el

La evolución de la fotografía en Asturias: de la transición al desafío digital

Con más de cuatro décadas dedicadas a la fotografía profesional, Sergio Vega forma parte de una generación de fotógrafos que vivió en primera persona la gran transformación del sector en Asturias. Recientemente jubilado, fue una figura clave dentro de la Asociación de Fotógrafos Profesionales de Asturias, impulsando congresos, talleres y actividades formativas que contribuyeron a elevar el nivel profesional de toda una generación de fotógrafos asturianos.

En esta entrevista, Sergio Vega repasa la historia de la asociación desde sus orígenes en 1978 hasta los desafíos actuales de la profesión, ofreciendo una mirada honesta y profundamente humana sobre la evolución de la fotografía, el compañerismo entre profesionales y el futuro del sector audiovisual en Asturias.

¿Cómo y por qué nace la Asociación de Fotógrafos de Asturias?

La Asociación de Fotógrafos de Asturias surge en un momento clave de cambio en España, justo tras la desaparición del sindicato vertical del franquismo. En ese contexto, un grupo de fotógrafos con inquietudes comunes —principalmente la necesidad de defender la profesión y organizarse como colectivo— decidió unirse para crear una estructura propia. Así nació en 1978 la Asociación de Fotógrafos Profesionales de Asturias, con José Manuel Nebot como primer presidente.

No fue una iniciativa casual, sino una respuesta natural a una necesidad: la de dar voz a un sector que, hasta entonces, carecía de representación real y de herramientas para evolucionar de forma conjunta.

¿Recuerdas algunos nombres de las personas que impulsaron la creación?

Aunque no es fácil recordar a todos, sí hay nombres que forman parte de ese núcleo fundacional: Enrique Caballero en Oviedo, Nito Cachero, Tomillo en Pola de Lena, Oliveira también en Oviedo, José Manso en Gijón, Argüelles en Nava o Rea en Pola de Siero.

Eran profesionales repartidos por distintos puntos de Asturias, pero unidos por una misma inquietud: dignificar y proteger la profesión. Ese espíritu colectivo fue clave en los primeros pasos de la asociación.

¿Qué situación vivía la fotografía en aquel momento?

Estamos hablando de plena transición, una época en la que todo estaba cambiando. España empezaba a abrirse al exterior, a Europa, y también a nuevas formas de entender las profesiones. Había una sensación general de crecimiento y de oportunidad.

Un hito importante fue el primer congreso organizado por la asociación en 1983, en el Hotel Reconquista. Aquel evento reunió a unos 170 fotógrafos de toda España y, además, trajo a fotógrafos franceses. Por primera vez muchos profesionales pudieron ver de cerca el trabajo internacional, lo que resultó absolutamente revelador. Fue un momento de inspiración, casi de “despertar” profesional.

¿Cuál era el tipo de trabajo predominante?

El 90% de los fotógrafos se dedicaba a la fotografía social: bodas, comuniones, retratos… Pero además, el modelo de negocio era muy diferente al actual. La mayoría eran lo que se llamaba “negocios mixtos”: no solo hacían fotos, sino que también vendían material fotográfico, revelaban carretes e incluso combinaban la fotografía con otros negocios como óptica o enmarcación.

Era un modelo muy completo y, además, rentable. La fotografía, en aquel momento, era un negocio que funcionaba muy bien.

¿Qué motivó realmente la creación de la asociación?

Había varias razones fundamentales. La primera, y probablemente la más importante, era la comunicación. La asociación funcionaba como una autopista de información: permitía compartir conocimientos, experiencias y evolucionar más rápido.

La segunda era la defensa frente al intrusismo, que siempre ha sido un problema en esta profesión. Y la tercera, muy relevante en aquel momento, era la posibilidad de acordar precios para evitar una competencia destructiva que perjudicara a todos.

En definitiva, se trataba de unir fuerzas para crecer, protegerse y dignificar el trabajo.

¿Había buen ambiente entre los fotógrafos?

En Asturias, sin duda. La camaradería era extraordinaria. La inmensa mayoría de los fotógrafos mantenía una relación de compañerismo muy fuerte, algo de lo que se puede presumir con orgullo.

Eso no significa que no hubiera excepciones —siempre hay quien rompe las reglas o genera conflictos—, pero en general el ambiente era muy positivo. Existía una verdadera conciencia de gremio.

¿Siguen vigentes hoy los objetivos de entonces?

La realidad es que el contexto ha cambiado radicalmente. Antes, la información no estaba al alcance de todos: si querías aprender de otros fotógrafos, había que traerlos físicamente, organizar congresos, generar encuentros.

Hoy, internet ha eliminado esas barreras. El acceso a la información es inmediato, lo que ha reducido en parte el papel tradicional de las asociaciones. Sin embargo, el valor humano —la relación, el intercambio directo— sigue siendo importante.

¿Qué retos enfrenta hoy la fotografía?

El cambio ha sido total. La profesión ha pasado “del cielo a la tierra”. Hoy el principal reto es analizar si el negocio sigue siendo viable.

El fotógrafo actual ya no puede limitarse a hacer fotos. Tiene que ser también videógrafo, entender narrativa audiovisual, gestionar redes sociales, incluso asumir funciones cercanas al marketing o la comunicación. Es una transformación profunda.

A esto se suma la incertidumbre generada por la inteligencia artificial, que ya está produciendo imágenes, campañas publicitarias y contenidos con una calidad sorprendente. Estamos en un momento de cambio global, no solo en la fotografía, sino en toda la sociedad.

¿Cómo debería evolucionar la formación?

La formación tiene que adaptarse a la realidad actual. No se puede seguir centrando únicamente en comuniones o bodas, porque esos mercados están cambiando o reduciéndose.

Hay que incorporar nuevas herramientas, entender la inteligencia artificial no como una amenaza, sino como una posible aliada. El problema es que muchas de las bases tradicionales de la profesión están desapareciendo.

¿Está cambiando la demanda social?

Completamente. Las bodas, por ejemplo, han cambiado radicalmente. Antes eran grandes eventos con cientos de invitados; hoy muchas son celebraciones pequeñas o incluso inexistentes.

Lo mismo ocurre con las comuniones. La sociedad ha cambiado sus hábitos, sus valores y sus prioridades. Y eso afecta directamente al modelo de negocio del fotógrafo.

¿Qué recuerdas de tu etapa al frente de la asociación?

Fue una etapa muy activa, especialmente en el ámbito de la formación. Organicé varios congresos nacionales en Gijón y numerosos talleres a lo largo del año, con el objetivo de elevar el nivel de los fotógrafos.

También se intentó luchar contra el intrusismo, aunque siempre fue una batalla complicada. En paralelo, se fomentó mucho el compañerismo: era habitual que los fotógrafos colaboraran entre ellos, compartieran trabajos o incluso comieran juntos en los eventos.

Fue una época muy rica en relaciones humanas y crecimiento profesional.

¿Cómo se puede recuperar hoy la fuerza de la asociación?

La clave está en el contacto. Las relaciones se construyen viéndose, compartiendo tiempo, generando confianza. Por eso es importante organizar encuentros, talleres o actividades que favorezcan esa conexión.

Además, es fundamental dar a conocer la asociación a las nuevas generaciones. Hay muchos fotógrafos jóvenes que ni siquiera saben que existe. Ahí hay un trabajo importante por hacer.

¿Cómo ves el futuro de la fotografía?

Es un futuro incierto. La fotografía ya no es una disciplina aislada, sino parte de un ecosistema mucho más amplio que incluye vídeo, diseño, inteligencia artificial y comunicación digital.

Cada vez será más difícil vivir exclusivamente de la fotografía tal como se entendía antes. El reto está en adaptarse, reinventarse y entender hacia dónde va el mundo de la imagen.